Dispositivos de asistencia personalizados para personas con lesiones medulares

29 09 2011

Un equipo de la Universitat Politècnica de Catalunya, dirigido por Josep Maria Font, ha desarrollado una ortesis activa de rodilla y tobillo para ayudar a caminar a personas con lesiones medulares incompletas. El proyecto se lleva a cabo en colaboración con las universidades de A Coruña y de Extremadura.

La finalidad del proyecto es el diseño personalizado de dispositivos de asistencia para cada caso concreto de lesión medular Un equipo del Departamento de Ingeniería Mecánica y del Centro de Investigación en Ingeniería Biomédica (CREB) de la Universitat Politècnica de Catalunya. BarcelonaTech (UPC) ha desarrollado una ortesis activa de rodilla y tobillo para ayudar a caminar a personas con lesiones medulares incompletas. El proyecto se lleva a cabo en colaboración con las universidades de La Coruña y de Extremadura. La finalidad del proyecto es el diseño personalizado de dispositivos de asistencia para cada caso concreto de lesión medular. Dicha personalización permitirá mejorar la autonomía del paciente y su proceso de adaptación al dispositivo. En definitiva, se pretende mejorar la calidad de vida del usuario, y a su vez ahorrar tiempo y dinero en la obtención del producto final.

El primer dispositivo desarrollado en el marco del proyecto es una ortesis activa de rodilla y tobillo. El prototipo de ortesis se ha diseñado y construido en el Laboratorio de Biomecánica de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de  Barcelona (ETSEIB), un espacio donde se analiza la dinámica de la marcha humana, y los resultados se utilizan para el desarrollo de dispositivos corporales que asisten el movimiento de  personas lesionadas medulares incompletas. “Los pacientes a los que va destinado este tipo de dispositivo tienen un control limitado del movimiento de las articulaciones de la rodilla y del tobillo”, explica el investigador de la UPC Josep Maria Font, responsable del diseño del primer prototipo.

El laboratorio está equipado con un sistema óptico de 12 cámaras que miden y capturan el movimiento del cuerpo humano mientras camina. Simultáneamente, se mide la fuerza de contacto entre el pie y el suelo a través de unas placas de fuerza, que  contienen 4 sensores de fuerza triaxiales. Asimismo, mediante un equipo de electromiografía (EMG) se registra la actividad muscular. El equipo que forma parte de este proyecto  —constituido por ingenieros, médicos y ortopedistas— también está desarrollando un programa de simulación por ordenador que, basándose en el análisis de la marcha y el modelaje  del cuerpo humano, permitirá predecir cuál sería el movimiento de la persona lesionada si llevara la ortesis. Con dicha información, se podrán diseñar dispositivos de asistencia  personalizados para cada paciente. “La simulación permite, por un lado, que la ortesis, una vez fabricada, se adecue al máximo al usuario final, y, por otro lado, un ahorro de costes, ya  que evita el proceso de ensayo y error con componentes reales”.

Ortesis activa

Una de las novedades de este modelo de ortesis activa es el diseño mecánico de la articulación de la  rodilla que se ha desarrollado en la UPC, ya que incorpora dos sistemas independientes para la actuación y el bloqueo de la articulación. De esta forma, el dispositivo ofrece un apoyo más adecuado a las distintas fases de la marcha que los sistemas que se comercializan.

Actualmente, los que más se utilizan son las ortesis pasivas, que no asisten externamente el movimiento de la rodilla, o bien los exosqueletos para toda la pierna, que incorporan seis actuadores para las articulaciones de caderas, rodillas y tobillos, lo cual hace que el sistema  sea más pesado y más caro. Estos sistemas exosqueletos, además, ideados generalmente para personas paraplégicas, no son totalmente idóneos para personas afectadas por una lesión medular incompleta, es decir, que no tengan una parálisis total.

El sistema desarrollado por la UPC incorpora una tecnología a caballo entre la robótica y la ortopedia, que le otorga ligereza a la ortesis y la hace más económica. La otra novedad es el bajo consumo energético, que favorece la autonomía del dispositivo. Se consigue con la incorporación de un sistema de bloqueo mecánico de la rodilla, y no eléctrico como el que utilizan otros tipos de ortesis y exosqueletos actuales.

Una vez construido el prototipo de ortesis activa por parte del equipo de la UPC, un grupo del Departamento de Ingeniería Mecánica, Energética y de los Materiales de la Universidad de Extremadura continuará el proyecto con el diseño y la instalación de la electrónica de control del movimiento del dispositivo. El motor, que se ubica en la parte lateral de la rodilla, se activa o se desactiva a partir de sensores plantares, que  indican cuando el pie toca al suelo, y a partir de otros que miden el ángulo de las articulaciones para saber en qué fase de la marcha se encuentra el usuario. “El dispositivo permite suplir los músculos que la lesión medular ha afectado”, afirma Josep Maria Font.

Por su parte, el Laboratorio de Ingeniería Mecánica de la Universidad de La Coruña, coordinador de todo el proyecto, se encarga de desarrollar el programa de simulación dinámica con el que se predecirá el movimiento de la persona lesionada al llevar la ortesis. El dispositivo se ensayará en pacientes del hospital Juan Canalejo de La Coruña, vinculado a la Universidad, lo que servirá para validar el simulador y el uso generalizado de la ortesis.

Laboratorio de Biomecánica

El Laboratorio de Biomecánica, adscrito al Centro de Investigación en Ingeniería Biomédica y al Departamento de Ingeniería Mecánica de la UPC, se centra en el anàlisis dinámico de la marcha humana. Es un espacio ubicado en el pabellón D de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de Barcelona que da soporte a las actividades docentes y de investigación de la Universidad, y que también da servicio a la industria de la ortopedia, del calzado y del sector deportivo.

Está equipado con un sistema óptico de captura del movimiento OptiTrack de 12 cámaras de infrarrojos, para medir el movimiento de los segmentos del cuerpo humano relevantes en la marcha. Tiene un pasillo que incorpora dos placas de fuerza, con las que se mide la fuerza del contacto del pie con el suelo. Recientemente, se ha equipado con un equipo de electromiografía (EMG) sin hilos de 8 canales para registrar la actividad muscular del usuario durante el movimiento.
¿Qué es una lesión medular?
Una lesión medular, como es el caso de la mielopatía, es una alteración de la médula espinal que puede provocar una pérdida de sensibilidad y/o de movilidad. Puede ser causada por traumas debidos a accidentes de automóvil o roturas de disco intervertebral, o bien por algunas enfermedades como la poliomelitis, la espina bífiida, los tumos primarios o metastásicos, la ataxia de Friedreich o la osteïtis hipertrófica de la columna.

Los efectos de una lesión de médula espinal pueden ser de tipo completo, en la que se pierde la funcionalidad motora por debajo del nivel de la lesión, o incompleto, en que la persona afectada puede tener alguna sensibilidad por debajo del nivel de la lesión. Las personas con este tipo de lesión pueden ser capaces de mover más un miembro que otro, pueden sentir partes del cuerpo que no pueden mover o quizás pueden tener más funcionalidad en unas partes del cuerpo que en otras.

Actualmente, en España hay aproximadamente 40.000 personas afectadas por este tipo de lesión. Cada año unas 1.200 personas la padecen, la mayoría por causa de accidentes de
tránsito.
Fuente: Universitat Politècnica de Catalunya



When your therapist is only a click away

26 09 2011

The event reminder on Melissa Weinblatt’s iPhone buzzed: 15 minutes till her shrink appointment.

She mixed herself a mojito, added a sprig of mint, put on her sunglasses and headed outside to her friend’s pool. Settling into a lounge chair, she tapped the Skype app on her phone. Hundreds of miles away, her face popped up on her therapist’s computer monitor; he smiled back on her phone’s screen.

She took a sip of her cocktail. The session began.

Ms. Weinblatt, a 30-year-old high school teacher in Oregon, used to be in treatment the conventional way — with face-to-face office appointments. Now, with her new doctor, she said: “I can have a Skype therapy session with my morning coffee or before a night on the town with the girls. I can take a break from shopping for a session. I took my doctor with me through three states this summer!”

And, she added, “I even e-mailed him that I was panicked about a first date, and he wrote back and said we could do a 20-minute mini-session.”

Since telepsychiatry was introduced decades ago, video conferencing has been an increasingly accepted way to reach patients in hospitals, prisons, veterans’ health care facilities and rural clinics — all supervised sites.

But today Skype, and encrypted digital software through third-party sites like CaliforniaLiveVisit.com, have made online private practice accessible for a broader swath of patients, including those who shun office treatment or who simply like the convenience of therapy on the fly.

One third-party online therapy site, Breakthrough.com, said it has signed up 900 psychiatrists, psychologists, counselors and coaches in just two years. Another indication that online treatment is migrating into mainstream sensibility: “Web Therapy,” the Lisa Kudrow comedy that started online and pokes fun at three-minute webcam therapy sessions, moved to cable (Showtime) this summer.

“In three years, this will take off like a rocket,” said Eric A. Harris, a lawyer and psychologist who consults with the American Psychological Association Insurance Trust. “Everyone will have real-time audiovisual availability. There will be a group of true believers who will think that being in a room with a client is special and you can’t replicate that by remote involvement. But a lot of people, especially younger clinicians, will feel there is no basis for thinking this. Still, appropriate professional standards will have to be followed.”

The pragmatic benefits are obvious. “No parking necessary!” touts one online therapist. Some therapists charge less for sessions since they, too, can do it from home, saving on gas and office rent. Blizzards, broken legs and business trips no longer cancel appointments. The anxiety of shrink-less August could be, dare one say … curable?

Ms. Weinblatt came to the approach through geographical necessity. When her therapist moved, she was apprehensive about transferring to the other psychologist in her small town, who would certainly know her prominent ex-boyfriend. So her therapist referred her to another doctor, whose practice was a day’s drive away. But he was willing to use Skype with long-distance patients. She was game.

Now she prefers these sessions to the old-fashioned kind.

But does knowing that your therapist is just a phone tap or mouse click away create a 21st-century version of shrink-neediness?

“There’s that comfort of carrying your doctor around with you like a security blanket,” Ms. Weinblatt acknowledged. “But,” she added, “because he’s more accessible, I feel like I need him less.”

The technology does have its speed bumps. Online treatment upends a basic element of therapeutic connection: eye contact.

Patient and therapist typically look at each other’s faces on a computer screen. But in many setups, the camera is perched atop a monitor. Their gazes are then off-kilter.

“So patients can think you’re not looking them in the eye,” said Lynn Bufka, a staff psychologist with the American Psychological Association. “You need to acknowledge that upfront to the patient, or the provider has to be trained to look at the camera instead of the screen.”

The quirkiness of Internet connections can also be an impediment. “You have to prepare vulnerable people for the possibility that just when they are saying something that’s difficult, the screen can go blank,” said DeeAnna Merz Nagel, a psychotherapist licensed in New Jersey and New York. “So I always say, ‘I will never disconnect from you online on purpose.’ You make arrangements ahead of time to call each other if that happens.”

Still, opportunities for exploitation, especially by those with sketchy credentials, are rife. Solo providers who hang out virtual shingles are a growing phenomenon. In the Wild Web West, one site sponsored a contest asking readers to post why they would seek therapy; the person with the most popular answer would receive six months of free treatment. When the blogosphere erupted with outrage from patients and professionals alike, the site quickly made the applications private.

Other questions abound. How should insurance reimburse online therapy? Is the therapist complying with licensing laws that govern practice in different states? Are videoconferencing sessions recorded? Hack-proof?

Another draw and danger of online therapy: anonymity. Many people avoid treatment for reasons of shame or privacy. Some online therapists do not require patients to fully identify themselves. What if those patients have breakdowns? How can the therapist get emergency help to an anonymous patient? “A lot of patients start therapy and feel worse before they feel better,” noted Marlene M. Maheu, founder of the TeleMental Health Institute, which trains providers and who has served on task forces to address these questions. “It’s more complex than people imagine. A provider’s Web site may say, ‘I won’t deal with patients who are feeling suicidal.’ But it’s our job to assess patients, not to ask them to self-diagnose.” She practices online therapy, but advocates consumer protections and rigorous training of therapists.

Psychologists say certain conditions might be well-suited for treatment online, including agoraphobia, anxiety, depression and obsessive-compulsive disorder. Some doctors suggest that Internet addiction or other addictive behaviors could be treated through videoconferencing.

Others disagree. As one doctor said, “If I’m treating an alcoholic, I can’t smell his breath over Skype.”

Cognitive behavioral therapy, which can require homework rather than tunneling into the patient’s past, seems another candidate. Tech-savvy teenagers resistant to office visits might brighten at seeing a therapist through a computer monitor in their bedroom. Home court advantage.

Therapists who have tried online therapy range from evangelizing standard-bearers, planting their stake in the new future, to those who, after a few sessions, have backed away. Elaine Ducharme, a psychologist in Glastonbury, Conn., uses Skype with patients from her former Florida practice, but finds it disconcerting when a patient’s face becomes pixilated. Dr. Ducharme, who is licensed in both states, will not videoconference with a patient she has not met in person. She flies to Florida every three months for office visits with her Skype patients.

“There is definitely something important about bearing witness,” she said. “There is so much that happens in a room that I can’t see on Skype.”

Dr. Heath Canfield, a psychiatrist in Colorado Springs, also uses Skype to continue therapy with some patients from his former West Coast practice. He is licensed in both locations. “If you’re doing therapy, pauses are important and telling, and Skype isn’t fast enough to keep up in real time,” Dr. Canfield said. He wears a headset. “I want patients to know that their sound isn’t going through walls but into my ears. I speak into a microphone so they don’t feel like I’m shouting at the computer. It’s not the same as being there, but it’s better than nothing. And I wouldn’t treat people this way who are severely mentally ill.”

Indeed, the pitfalls of videoconferencing with the severely mentally ill became apparent to Michael Terry, a psychiatric nurse practitioner, when he did psychological evaluations for patients throughout Alaska’s Eastern Aleutian Islands. “Once I was wearing a white jacket and the wall behind me was white,” recalled Dr. Terry, an associate clinical professor at the University of San Diego. “My face looked very dark because of the contrast, and the patient thought he was talking to the devil.”

Another time, lighting caused a halo effect. “An adolescent thought he was talking to the Holy Spirit, that he had God on the line. It fit right into his delusions.”

Johanna Herwitz, a Manhattan psychologist, tried Skype to augment face-to-face therapy. “It creates this perverse lower version of intimacy,” she said. “Skype doesn’t therapeutically disinhibit patients so that they let down their guard and take emotional risks. I’ve decided not to do it anymore.”

Several studies have concluded that patient satisfaction with face-to-face interaction and online therapy (often preceded by in-person contact) was statistically similar. Lynn, a patient who prefers not to reveal her full identity, had been seeing her therapist for years. Their work deepened into psychoanalysis. Then her psychotherapist retired, moving out of state.

Now, four times a week, Lynn carries her laptop to an analyst’s unoccupied office (her insurance requires that a local provider have some oversight). She logs on to an encrypted program at Breakthrough.com and clicks through until she reads an alert: “Talk now!”

Hundreds of miles away, so does her analyst. Their faces loom, side by side on each other’s monitors. They say hello. Then Lynn puts her laptop on a chair and lies down on the couch. Just the top of her head is visible to her analyst.

Fifty minutes later the session ends. “The screen is asleep so I wake it up and see her face,” Lynn said. “I say goodbye and she says goodbye. Then we lean in to press a button and exit.”

As attenuated as this all may seem, Lynn said, “I’m just grateful we can continue to do this.”

Nytimes.com [en línea] New York (USA): nytimes.com, 26 de septiembre de 2011 [ref. 23 de septiembre de 2011] Disponible en Internet:

http://www.nytimes.com/2011/09/25/fashion/therapists-are-seeing-patients-online.html?ref=health



A little deception helps push athletes to the limit

22 09 2011

The trained bicyclists thought they had ridden as fast as they possibly could. But Kevin Thompson, head of sport and exercise science at Northumbrian University in England, wondered if they go could even faster.

So, in an unusual experiment, he tricked them.

In their laboratory, Dr. Thompson and his assistant Mark Stone had had the cyclists pedal as hard as they could on a stationary bicycle for the equivalent of 4,000 meters, about 2.5 miles. After they had done this on several occasions, the cyclists thought they knew what their limits were.

Then Dr. Thompson asked the cyclists to race against an avatar, a figure of a cyclist on a computer screen in front them. Each rider was shown two avatars. One was himself, moving along a virtual course at the rate he was actually pedaling the stationary bicycle. The other figure was moving at the pace of the cyclist’s own best effort — or so the cyclists were told.

In fact, the second avatar was programmed to ride faster than the cyclist ever had — using 2 percent more power, which translates into a 1 percent increase in speed.

Told to race against what they thought was their own best time, the cyclists ended up matching their avatars on their virtual rides, going significantly faster than they ever had gone before.

While a 2 percent increase in power might seem small, it is enough to make a big difference in a competitive event that lasts four to five minutes, like cycling for 4,000 meters. At the elite level in sports, a 1 percent increase in speed can determine whether an athlete places in a race or comes in somewhere farther back in the pack.

The improved times observed in his experiment, said Dr. Thompson, are “not just day-to-day variability, but a true change in performance.” And they give rise to some perplexing questions.

What limits how fast a person can run or swim or cycle or row? Is it just the body — do fatigued muscles just give out at a certain point? Or is the limit set by a mysterious “central governor” in the brain, as Timothy Noakes, professor of exercise and sports science at the University of Cape Town in South Africa, has called it, that determines pacing and effort and, ultimately, performance?

Until recently, exercise physiologists have mostly focused on the muscles, hearts and lungs of athletes, asking whether fatigue comes because the body has reached its limit.

But athletes themselves have long insisted that mental factors are paramount. Roger Bannister, the first runner to break the four-minute mile, once said: “It is the brain, not the heart or lungs that is the critical organ. It’s the brain.”

Now researchers like Dr. Thompson are designing studies to learn more about the brain’s influence over athletic performance.

For example, Jo Corbett, a senior lecturer in applied exercise physiology at the University of Portsmouth in England, wondered how much competition can affect an athlete’s speed. To find out, he asked cyclists to ride as hard and as fast as they could on a stationary bicycle for the equivalent of 2,000 meters. As he rode, each rider was shown an on-screen figure representing the cyclist riding the course.

Then Dr. Corbett and his colleagues told each athlete that he would be racing against another rider hidden behind a screen. The researchers projected two figures on the screen, one the outline of the rider and the other the outline of the competitor.

In fact, the competitor on the screen was a computer-generated image of the athlete himself in his own best attempt to ride those 2,000 meters.

The cyclists rode furiously through the on-screen race. And, as happened in Dr. Thompson’s experiments, the cyclists beat their best times, finishing with a burst of speed that carried them to virtual victory by a significant length.

Dr. Corbett said the extra effort, above and beyond what the athletes had previously demonstrated, seems to come from the anaerobic energy system, one that is limited by the amount of fuel stored in muscle. The brain appears to conserve the body’s limited fuel to a certain degree, not allowing athletes to work too hard.

Nytimes.com [en línea] New York (USA): nytimes.com, 22 de septiembre de 2011 [ref. 19 de septiembre de 2011] Disponible en Internet:

http://www.nytimes.com/2011/09/20/health/nutrition/20best.html?_r=1&ref=health



Propósito del nuevo curso: salir a correr

19 09 2011

En este inicio de curso, momento de buenos propósitos, desde DOCTOPOLIS queremos hacerle una propuesta muy saludable: Salir a correr y disfrutar de la naturaleza.

Para animar a aquellos que todavía no lo han probado y deleitar a los que ya se definen como runners, hoy les dejamos con un vídeo de Kilian Jornet, una mezcla apasionante de amor por el deporte y la naturaleza, físico, sacrificio y superación.

Si después de ver este vídeo alguien se pone las zapatillas y sale a la calle, nos daremos por satisfechos. Y si nos quiere contar su experiencia, todavía mejor.



Descubren un tratamiento contra un grave cáncer infantil

15 09 2011

Un estudio del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (IDIBELL) demuestra que la inhibición del metabolismo de la glucosa con la molécula 2-deoxiglucosa (2-DG) induce la muerte celular en un tipo de sarcoma infantil: el rabdomiosarcoma alveolar. Esta molécula es muy similar a la que se utiliza en la tomografía por emisión de positrones (PET), una técnica de imagen que sirve para diagnosticar diversos tumores según su tasa de consumo de glucosa. Esto sugiere que podría ser utilizada de manera inmediata como tratamiento de este tumor infantil agresivo. Los resultados se han publicado en la revista Cancer Research.

El rabdomiosarcoma es el tumor de tejido blando más común en niños y adolescentes, y representa entre el 4 y el 5% de los tumores pediátricos. Se presenta en dos formas: el rabdomiosarcoma embrional, el tipo más frecuente y menos agresivo, y lo rabdomiosarcoma alveolar, de peor pronóstico. El tratamiento más utilizado para este último tipo de sarcoma es la cirugía. Los tratamientos con quimioterapia no son eficaces y actualmente la tasa de supervivencia cinco años después del diagnóstico es del 70%, lo cual indica que es necesario el desarrollo de tratamientos más eficaces.

Nuevas estrategias terapéuticas

En este sentido, en los últimos años ha crecido el interés por estudiar el metabolismo tumoral como posible diana terapéutica. Varias vías metabólicas presentan funciones diferentes en células tumorales y en células sanas. En concreto, la glicolisis (oxidación de la glucosa para obtener energía) aumenta en algunas células tumorales. Esto las hace particularmente sensibles a inhibidores de la glicolisis como la 2-deoxiglucosa.

El estudio, coordinado por la jefa del grupo de Regulación de Muerte Celular, Cristina Muñoz, y el jefe de grupo de Sarcomas, Òscar Martínez-Tirado demuestra que “in vitro” esta molécula inhibe el metabolismo de la glucosa que la célula tumoral necesita, provocando su muerte. Según la investigadora Cristina Muñoz esta molécula “frena el crecimiento de las células tumorales, provoca su muerte y un porcentaje de ellas sufre una diferenciación terminal, de manera que presentan el aspecto de células musculares sanas”.

La imagen de la izquierda presenta células tumorales en un medio sin 2-DG.

A la derecha, en presencia de 2-DG, las células tumorales mueren.

Esta molécula también es muy similar a la que se usa en las técnicas de imagen PET que sirve para diagnosticar tumores que tienen un elevado metabolismo de la glucosa. Esto, y el hecho que ya se están realizando ensayos clínicos con otros tumores, demuestra que, a dosis altas, esta molécula es poco tóxica y sería relativamente fácil poderla usar en tratamientos de rabdomiosarcoma alveolar.

Muñoz ha añadido que “el hecho de conocer el mecanismo celular que provoca la muerte de estas células tumorales permitirá, en el futuro, afinar más en los tratamientos y hacerlos más personalizados”.

Referencia del artículo

Ramírez-Peinado S., Alcázar-Limones F., Lagares-Tena L., El Mjiyad N., Caro-Maldonado A., Tirado O.M. and Muñoz-Pinedo C. Cancer Research doi:10.1158/0008-5472.CAN-11-0759



¿Y POR QUÉ DOCTOPOLIS?

12 09 2011

C. Rovira Bassols.

Médico Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria

Cuando hace tan sólo unos meses, en un despacho de Barcelona, me reuní con dos jóvenes emprendedores para hacer un intercambio de ideas acerca de nuestros respectivos proyectos, quedé fascinado por el entusiasmo y las ganas que transmitían al expresar cómo, a partir de una experiencia personal de uno de ellos (Alba), se gestó la idea de crear una empresa que solucionara un problema real detectado de manera casi casual; y cómo mediante ingenio, trabajo y creatividad, fueron capaces de transformar esa idea en algo real llamado DOCTOPOLIS.

Alba me explicó que tras una lesión en el pie practicando atletismo, tuvo dificultades para localizar al especialista adecuado y concretar una cita con él. Acababa de identificar dos lagunas del actual sistema:  cómo obtener información válida acerca del profesional que mejor pudiera atender a su patología concreta y la dificultad que en ocasiones supone conseguir una cita con este profesional mediante las opciones actuales dispuestas a tal fin. Hoy en día, los pacientes suelen averiguar quién es el especialista más indicado para atender su caso mediante dos vías. La primera es el tradicional “boca oreja”, basado en experiencias personales de algún amigo o conocido, experiencias que raramente coinciden con el problema de uno mismo y que suelen ser percepciones subjetivas acerca del trato recibido en un momento dado.  Este método no suele basarse casi nunca en criterios estrictamente profesionales. La segunda, consiste en la fría lectura de un listado de apellidos ordenado alfabéticamente que identifica profesionales con una especialidad genérica común y los ubica geográficamente, pero que está desprovista de información concreta y práctica acerca de la actividad de cada uno de ellos.

Paralelamente, en el transcurso de los últimos 12 años de ejercicio profesional, básicamente asistencial, he podido objetivar una serie de vacíos o carencias que soporta el actual sistema. Entre ellas, la dificultad por parte de los médicos de obtener información adecuada y precisa sobre un paciente, en una época en la cual, un porcentaje nada desdeñable de la población, es atendido simultáneamente por dos modelos sanitarios, el público y el privado, que si bien deberían ser complementarios, a menudo trabajan de manera paralela entre sí. Por añadidura, muchos centros de atención tienen modelos de gestión propios que son incompatibles con el resto, lo que dificulta aún más la obtención de dicha información. Este hecho, unido a la escasa participación de los propios profesionales en la organización de los centros, provoca, de manera indirecta, un deterioro de la relación médico-paciente, al verse mermada la inter-relación de los profesionales sanitarios, tanto a nivel intercentros como dentro de un mismo centro y por ende, con el propio paciente, que acaba conviertiéndose en un espectador más de su propio proceso sanitario, fomentando una actitud pasiva hacía su propia atención.

Las inquietudes que me generaron todas estas circunstancias, hicieron que me planteara la posibilidad de iniciar un proyecto de historia clínica compartida y telemedicina, que contribuyera a minimizar los actuales déficit. En una época de crisis económica, de limitación de recursos, que ha hecho evidente la necesidad de un cambio de modelo que se adapte a la realidad actual, y disponiendo de un acceso cada día más universal a la tecnología aplicada a los aspectos más cotidianos de la vida de las personas, parecen estar servidos los ingredientes adecuados para transformar una idea en una realidad. Si además se genera la posibilidad de trabajar junto a alguien con iniciativa y una visión complementaria, la del usuario de la sanidad, se disipa cualquier duda que pudiera surgir al plantearse la posibilidad de emprender la aventura de formar parte de un proyecto innovador y factible.

DOCTOPOLIS nace, pues, con objetivos claros y bien estructurados, que tienen carácter bidireccional, al estar dirigidos tanto a los profesionales sanitarios como a los usuarios de la sanidad.  Estos objetivos son:  optimizar la gestión de las consultas, facilitar la relación de los profesionales con sus pacientes y ofrecer a los usuarios el acceso a información rigurosa y detallada sobre los profesionales que les van a atender, las actividades que desempeñan y los campos en los que son expertos. Y esto se lleva a cabo de forma transparente, ya que es el mismo profesional quién elabora y publica toda la información de su propio perfil, soslayando de esta manera la posibilidad de generar intereses cruzados, al no intervenir DOCTOPOLIS directamente en la elaboración de la información que consta en cada perfil creado.

Cabe destacar que los servicios que DOCTOPOLIS ofrece actualmente a los profesionales de la salud contribuyen directamente a minimizar los elevados costes derivados de la gestión de una consulta privada, en especial, si el profesional visita en varios centros, ya que homogeniza y simplifica todo el proceso mediante una agenda online única y la historia clínica digital, entre otros. Es asimismo una prioridad de DOCTOPOLIS ofrecer a los profesionales sanitarios la posibilidad de crear portales web con dominio propio y autogestionables, que incluyan o no, según la voluntad de cada profesional, el resto de servicios disponibles (agenda online, historias clínicas online, envío automático de SMS, secretaría telefónica virtual), con el fin de aumentar la visibilidad de los mismos en la red y facilitar el acceso por parte de los usuarios a sus servicios específicos.

DOCTOPOLIS está trabajando ya en proyectos de futuro, proyectos tan diversos tales como la telemedicina y la facturación online, que contribuirán aún más a hacer que DOCTOPOLIS se convierta en una solución integral tanto para los profesionales de la salud como para sus usuarios.



Freezing athletes to speed recovery

8 09 2011

Last week, the American sprinter Justin Gatlin showed up at the World Outdoor Track and Field Championships in Daegu, South Korea, with frostbite on his feet. This condition was painful — he told reporters that he had blisters on both heels — but it was also improbable, given that he’d developed the frostbite in Florida in August. But Mr. Gatlin had been sampling one of the newest, trendiest innovations in elite athlete training. He’d gone into a whole-body cryotherapy chamber, and his feet had frozen there.


The American sprinter Justin Gatlin after competing in the men’s 100-meter race
at the International Association of Athletics Federations’ world championships in Daegu, South Korea.

Whole-body cryotherapy is, essentially, ice baths taken to a new and otherworldly level, and it is drawing considerable attention among athletes, both elite and recreational. In the cryotherapy chambers, the ambient temperature is lowered to a numbing  minus 110 Celsius or minus 166 Fahrenheit. The chambers were originally intended to treat certain medical conditions, but athletes soon adopted the technology in hopes that supra-subzero temperatures would help them to recover from strenuous workouts more rapidly.

That they would place faith in cold therapy is surprising, given that studies examining the effects of simple ice baths have been, at best, “inconclusive,” said Joseph Costello, a doctoral student in the physical education and sports sciences department at the University of Limerick in Ireland, who is studying the effects of whole-body cryotherapy.

A 2007 study of ice baths found that young men who completed a punishing 90-minute shuttle run and then eased themselves into a frigid bathtub (with the water cooled to 50 degrees Fahrenheit) for 10 minutes reported feeling markedly less sore a few days later than a control group who did not soak. But ice baths did not lower the runners’ levels of creatine kinase, often considered a hallmark of muscle damage. They felt better, but their muscles were almost as damaged as if they hadn’t soaked.

Despite such findings, a growing number of elite soccer players, rugby teams, professional cyclists and track and field athletes in the United States and Europe have eagerly turned to whole-body cryotherapy. Because no agency in the United States or Europe regulates it, it’s impossible to say with any precision how many athletes are currently using the treatment, but researchers like Mr. Costello say the numbers are growing rapidly.

Before entering a cryochamber, users must strip to shorts or a bathing suit, remove all jewelry and don several pairs of gloves, a face mask, a woolly headband and dry socks. Mr. Gatlin neglected that last precaution; his socks were sweaty from a previous workout and froze instantly to his feet. The athletes then move through an acclimatization chamber set to about  minus 76 Fahrenheit and from there into the surface-of-the-moon-chilly cryotherapy chamber.

At minus 110 degrees Celsius, whole-body cryotherapy is “colder than any temperature ever experienced or recorded on earth,” Mr. Costello said.

The athletes remain in the chamber for no more than two or three minutes, stamping their feet and waving their arms to retain circulation. A Welsh rugby player described the experience as being in an “evil” sauna, but told British reporters that he believed that the sessions were helping him to recover more quickly from rigorous practices.

The science to support that optimistic appraisal is slim, though. A study by Mr. Costello, published earlier this year in the Scandinavian Journal of Medicine and Science in Sports, found that whole-body cryotherapy did not lessen muscle damage among a group of volunteers who’d completed grueling resistance exercises with their legs before entering the chamber.

Another study, however, published in July in the Public Library of Science One, produced more encouraging results. For it, French researchers recruited a group of trained runners and put them through a simulated 48-minute trail run on a treadmill. The workout was designed to elicit muscle damage and soreness. Afterward, half of the runners entered a whole-body cryotherapy chamber once a day for five days. The rest sat quietly for 30 minutes a day for those five days. Blood was drawn from both groups throughout the experiment.

From the first day onward, the runners who’d entered the chamber showed fewer blood markers of inflammation than the group who had recovered by sitting quietly.

These results suggest that athletes could potentially “save two to three days” of training time compared with forgoing whole-body cryotherapy, François Bieuzen, a professor at the National Institute of Sport, Expertise and Performance in Paris and lead author of the study, wrote in an e-mail. By using the therapy, tired athletes could return to hard training sooner.

But Alan Donnelly, a professor at the University of Limerick and Mr. Costello’s adviser and co-author, is unconvinced. Reducing inflammation, he points out, does not ensure that muscles have recovered. The French researchers did not directly test muscle strength and function after the cryotherapy sessions. So it’s possible that the athletes’ muscles, although less inflamed, were still weak and damaged.

“I just don’t feel that the evidence base for WBC effectiveness is there yet,” Dr. Donnelly said. “If WBC were a clinical treatment or a nutritional aid being put forward for F.D.A. approval, my view is that it would not be approved.”

Such skepticism is not cooling enthusiasm among athletes, however. A cryotherapy chamber that caters to recreational athletes opened in Northern California last month. Its instructional materials caution users to check that all body parts and clothing, including socks, are completely dry before entering the chamber. Frostbite, as Mr. Gatlin discovered, will impede athletic performance. In his signature event, the 100-meter dash, he did not make the finals.

Nytimes.com [en línea] New York (USA): nytimes.com, 8 de septiembre de 2011 [ref. 7 de septiembre de 2011] Disponible en Internet:

http://well.blogs.nytimes.com/2011/09/07/freezing-athletes-to-speed-recovery/?ref=health



Dr MONGUET: Asimetría en la innovación en el sector de la salud

5 09 2011

Josep M. Monguet Fierro

Dr. Ingeniero industrial y profesor de la UPC

A pesar de que desde siempre la innovación ha estado íntimamente ligada al éxito y al fracaso de las empresas, es en los últimos tiempos que se ha convertido en la palabra clave en todos, o casi todos los ámbitos profesionales. La innovación es objeto de estudio sistemático desde hace años en las empresas más avanzadas, sirva como ejemplo el famoso laboratorio de investigación de NEC, donde se observa al estilo “Gran Hermano” a sus empleados para descubrir en que situaciones, comportamientos y entornos salta la chispa de la innovación. Sin llegar a tales extremos, en salud hay un largo recorrido para la innovación

¿Por qué en algunos ámbitos de la salud, se innova y se investiga de forma tan dinámica y tan sistemática y en otros los progresos innovadores parecen un trabajo titánico? Excelencia científica y profesional en el desarrollo de nuevos tratamientos, dispositivos y fármacos, son como lagunas inconexas en un contexto de ineficiencias que representan limitaciones al servicio que recibe el usuario de la salud (en grado y calidad) y un coste económico superior para la economía que soportamos entre todos (2/3 de los coste de la salud en España se financian con los impuestos). Según estudios, en USA las ineficiencias en los servicios de salud, debidos a errores o tratamientos innecesarios, equivaldrían al 30% de la actividad, que es como decir un 5% de su PIB. En España seguro que al menos tenemos un ratio similar.

Se pueden encontrar multitud de anécdotas, que juntas configuran un muestrario de barreras y las limitaciones a la innovación en los procesos de salud. En una primera aproximación podemos diferenciar tres tipos de barreras, las relacionadas con el factor humano, con el modelo económico y las de método. De todas ellas las más importantes, porque en el fondo se encuentran en el origen de las demás, son sin duda las provenientes del factor humano. Las ilustramos brevemente a continuación.

Las personas fallamos al defender nuestras posiciones e intereses, sin tener visión de conjunto y capacidad para ver escenarios de futuro. Estamos poco educados en este sentido y solo aprendemos con las, a veces dolorosas, experiencias. Esto es valido para los usuarios-pacientes, para los profesionales de la Salud y para las autoridades sanitarias. ¿Cual es el problema de fondo? Tenemos un modelo que hace muy difícil sino imposible crear una arquitectura de motivaciones. Solo a modo de ejemplo, Internet 2.0 permite infinidad de aplicaciones basadas en el concepto de “inteligencia colectiva”, pero sin un verdadero cambio de actitud nos va a encontrar poco preparados para sacarle el provecho que merece. La creatividad no es suficiente para innovar, se requiere un entorno favorable como el que han sabido crear por ejemplo Sant Joan de en Barcelona o el Parc Taulí en Sabadell.

El modelo económico del sistema de salud, que ahora se proclama insostenible, ha tenido fallos de una magnitud comparable a las “subprime”. Ya se que no se le puede echar la culpa al contable, pero uno se podría preguntar si alguien estaba haciendo realmente las cuentas. A pesar del mal momento económico, lo cierto es que la mejora de los procesos en el sistema de salud es la única forma de reducir costes, y los beneficios que se pueden obtener con la mejora de los servicios requieren inversiones. Estas inversiones son imprescindibles no solamente para mejorar el servicio de salud, sino para la creación de puestos de trabajo cualificado y sostenible en un sector estratégico.

La última barrera está relacionada con el método. Si suponemos que las personas están por la labor y que de un modo u otros hay recursos financieros, entonces además hay que desarrollar un método de innovación viable, y como hay que innovar en el ámbito de la salud es algo que no viene en los libros. Se han de diseñar, ensayar e implantar metodologías en las que las personas trabajan de forma colaborativa gestionando la incertidumbre en un ambiente de generosidad.

Lo más importante es no rendirse.



Humanos y prótesis tecnológicas

1 09 2011

Un vídeo para empezar el curso con una reflexión sobre las posibilidades de las prótesis tecnológicas:

VALIDADO POR LA SRA. ALBA CALLS.

Youtube.com [en línea] Montreal (Canadá): youtube.com, 1 de septiembre de 2011 [ref. 26 de agosto de 2011] Disponible en Internet:

http://www.youtube.com/watch?v=FxiCI8l4qhI